13/10/17

El viejo del parque




                  -I-

Lo veo cada mañana 
arrastrando los pies por la avenida, 
parando en cada banco, 
mirando para atrás mientras toma resuello 
como llamando al orden 
a todos sus recuerdos. 

Inseguras y torpes, 
sus piernas ya no avanzan como antes, 
apenas las levanta ya del suelo, 
con trabajo lo llevan 
a buscar un rincón soleado este invierno. 

Sus ojos ya no miran para ver, 
si acaso solo miran por mirar 
como pasa la vida por delante 
de su gastado cuerpo. 
Sus días se suceden como árboles 
al lado del camino 
desde un tren desbocado. 
Monótonos, iguales, 
sin un mínimo brillo desde el alba 
hasta el oscuro ocaso. 

Hace poco, me paré junto a él. 
Hablamos de la vida, 
del frío, del calor, 
de sus sueños lejanos, 
de dolencias y achaques, 
de la vil soledad...
en fin, de todo un poco. 
Al irme, me sonrió. 
Y nunca vi sonrisa 
más cálida y sincera.


                  -II-

Una mañana fría del último diciembre, 
eché a faltar al viejo.
Una ligera brisa desprendía 
de los dormidos árboles del parque 
las hojas amarillas más tardías.
Brisa que a mi se me antojó lamento 
cuando se hizo viento 
que enredó su pesar entre las ramas. 

Y el viejo ya no vino. 
Ni ese día ni el siguiente. 
El viento ya sabía 
que nunca iba a volver 
a buscar su caricia en el verano, 
a rehuir su furia en el invierno. 

El viento lo sabía. 
Se fue a buscar la paz donde los días 
dejaran de pasar ante sus ojos 
como árboles al lado de una vía.


5/7/17

Ensoñación


                                          Ilustración de Khaty Hare

Sé que existes, que habitas en el mundo,
en un lugar de ensueño mimado por los dioses
que llaman armonía.
Sé que existes, que tu nombre es embrujo,
que ríes a todas horas sin motivo aparente,
que el único motivo de tu risa
es el gozo de sentir por tu sangre
deslizarse la vida.
                  
Te imagino perfecta y seductora
siendo ninfa en ríos transparentes,
náyade azul en las tranquilas fuentes
y estallido de luz en cada aurora.

Rebosas alegría y el deseo
vive en tus labios rojos,
dos pétalos con néctar que libar
en cada atardecer de negros velos.

Existes, aunque seas sólo un sueño
trenzado de imposibles
que persigo incansable desde siempre,
desde el fondo sombrío
de una cuna sin pátina, sin nombre,
perdida en el abismo de los años,
levitando en la niebla del olvido.

Nunca te alcanzaré. Si te alcanzara,
mi vida perdería todo sentido,
dejaría de vivir con la esperanza
de poder encontrarte en cada aurora,
de sentir tu presencia en cada soplo
de viento en el otoño, en cada nube
de cada atardecer cárdeno y frío.


9/6/17

Ellas,las estrellas.






Y al final serán ellas, las estrellas, 
los únicos testigos 
de la definitiva partida de los hombres. 

Al final serán ellas, sólo ellas, 
las que, en las noches eternas del invierno estelar 
y sólo por matar el tiempo que les sobra, 
se comentarán las unas a las otras 
que una vez existió 
en un gracioso planeta azul-encanto
una especie tan extraña y dañina 
que sus individuos creían ser los dueños 
de todo lo existente. 

Y reirán como locas 
por nuestra pobre y ridícula arrogancia, 
por nuestros torpes planes de futuro, 
por nuestro inútil afán de querer ser eternos, inmortales, 
en algún paraíso diseñado a medida 
y vendido a la plebe a golpe de doctrina, 
con ilusas promesas, 
por cualquier esperado profeta iluminado. 

Pero a la vez serán ellas, las estrellas,
las que pierdan un poco de su brillo 
de puro aburrimiento 
cuando los hombres nos hayamos ido para siempre. 

El universo entonces, 
se quedará más solo que la una. 
Se dormirá mecido por el eco 
que dejaron por todos los rincones 
nuestras voces de niños malcriados, 
nuestros gritos de fieras sanguinarias 
enfermas de poder y de riquezas, 
nuestro llanto de ancianos caminantes 
hacia ninguna parte. 

Y luego el universo, al despertar, 
sabrá que despertó 
de la más increíble y extraña  pesadilla, 
del más disparatado de los sueños...